Bodas Ecuador
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Capítulo 1

octubre 21, 2010 by · Leave a Comment 

Argumento:

En vísperas de su boda, Tessa descubrió que su prometido la engañaba y decidió romper con él. Ese mismo día, la Informaron de que debía acompañar al director general de su empresa, Blaize Callagan, a una conferencia de tres días. A partir de ese momento, Tessa se enfrentó a una tarea difícil: olvidar la traición del hombre que había fingido amarla…, y controlarse para no caer rendida a los pies del recién llegado a su vida, un hombre que parecía hecho a la medida de sus fantasías.

Capítulo 1

¿CÓMO se habrá atrevido a hacerlo? Ésas eran las palabras que se habían repetido insistentemente en el cerebro de Tessa durante toda la noche, al ritmo del traqueteo del tren que la llevaba a Sidney desde la casa de su hermana en Chatswood. Aún resonaban en su mente cuando entró en el enorme edificio de la CMA, que albergaba la oficina central de Callagan, Morris y Alien, la empresa en la cual ella trabajaba como secretaria.

Que cualquier hombre, pero en especial el que decía amarla, se hubiera atrevido a hacer algo semejante, era más de lo que Tessa podía soportar.

Las lágrimas asomaron a sus ojos de nuevo, pero las contuvo con decisión mientras atravesaba el vestíbulo. No más lágrimas por Grant Durham. No las merecía. ¡No merecía nada de ella, nunca más!

Entró en un ascensor y pulsó el botón de su piso. Al cerrarse las puertas, juró que le cerraría las puertas a Grant y nunca lo dejaría volver a entrar en su vida. ¡Nunca!

Le había dado el ultimátum la noche anterior. Y si Grant no había dejado el apartamento cuando ella volviera del trabajo esa noche, Tessa se sentía capaz de hacer cualquier cosa.

El ascensor se detuvo y Tessa se dirigió hacia las oficinas de Jerry Fraine.

Abrió con violencia la puerta de su despacho y la cerró de un portazo. Eso la hizo sentirse mejor. Necesitaba sacar las emociones que había estado tratando de contener. Convertir el dolor en ira era una buena terapia. Tessa probó un poco más. Arrojó su maletín a un rincón. Abrió el cajón inferior de su escritorio, colocó su bolso en él y lo cerró de un puntapié. Abrió entonces el cajón superior, y después de coger las llaves del archivador, lo cerró con violencia. Quitó el candado al archivador, cogió la carpeta que necesitaba y cerró el cajón de un golpe. El fuerte ruido metálico le resultó muy satisfactorio.

—¿No estás contenta esta mañana?

La amable pregunta provenía de la puerta que daba al despacho del ejecutivo y sobresaltó a Tessa durante un momento. No pensaba que su jefe hubiera llegado ya. La conferencia con lo japoneses comenzaba ese día, y por lo general, los ejecutivos se reunían en la sala de sesiones de la junta directiva antes de irse en los helicópteros de la empresa. Tessa forzó una sonrisa más alegre que de costumbre y se volvió para saludarlo.

Jerry Fraine era un hombre alto, con un aspecto que recordaba a un oso grande y simpático. Su pelo era grisáceo y encrespado; su rostro regordete y cordial invitaba a confidencias amistosas.

A Tessa le gustaba ser secretaria de Jerry Fraine. Él apreciaba sus habilidades, era amable y considerado, y tenía un sentido del humor que hacía que trabajar para él resultara un placer. Y, lo más importante, estaba felizmente casado y no hostigaba a nadie en la oficina. Eso propiciaba una atmósfera relajada entre ellos.

—Nunca he estado más contenta —respondió Tessa alegremente—. Estoy muy animada.

Jerry sonrió al ver el brillo en los ojos castaños de ella. La tigresa que había dentro de Tessa estaba suelta esa mañana. «Muy bien», pensó él. Eso facilitaría las cosas. Quizás hasta lograría alegrar al «Todopoderoso» Blaize Callagan, aunque Jerry tuvo buen cuidado de no dejar traslucir ese pensamiento.

Tessa Stockton era pequeña de estatura, pero animada, de buen carácter y, en opinión de Jerry, encantadora. Una hermosa mujer, cuyo agudo ingenio complementaba su gran eficiencia.

Observó, divertido, que ella estaba en plena rabieta. Su largo y sedoso pelo castaño estaba recogido en una tirante cola de caballo, señal segura de furiosa impaciencia. La nariz respingona estaba arrugada en un gesto de rabia. La dulce curva de su boca estaba contraída, y los pequeños dientes blancos parecían listos para morder. Tenía la delicada barbilla echada hacia adelante de una manera agresiva. El largo cuello estaba paralizado y su esbelto cuerpo se estremecía por la tensión.

—¿Un ligero ataque de nervios previo a la boda? —preguntó.

—La boda —respondió Tessa entre dientes—. Está cancelada. Can-ce-la-da.

Jerry alzó las cejas y frunció los labios.

—Es bastante normal, sabes. A veces ocurren pequeñas peleas previas al matrimonio.

A Tessa se le encogió el corazón. ¡La infidelidad no era una pequeña pelea! Tenía la frase en la punta de la lengua, pero se contuvo.

La humillación que sentía era demasiado dolorosa como para discutirla con nadie. Ni siquiera se lo había dicho a su hermana, cuando se había refugiado con ella la noche anterior.

—Quizá una breve separación ayudará a que se calmen las cosas —continuó Jerry con tranquilidad. Tessa le dirigió una mirada fulminante. Jerry se detuvo a reconsiderar la situación. El no comprendía la ira y además le gustaba dirigir en una atmósfera tranquila. Lo que sus empleados hicieran fuera del trabajo no era asunto suyo. En ese momento tenía un problema que atender sin demora. Se relajó y la miró con afabilidad. —Tenemos una emergencia, Tessa. Ella se detuvo a medio camino entre el archivador y su escritorio. Lo miró fijamente por primera vez en el día. Cuando Jerry Fraine ponía esa cara cordial y usaba esa voz suave, Tessa sabía que el asunto era serio. Su estado de ánimo cambió al instante, el enfado fue reemplazado por la concentración.

Sabiendo que contaba con toda su atención, Jerry prosiguió:

—Te necesitan en la conferencia con los japoneses. A decir verdad, ahora mismo.

Tessa se quedó atónita.

—¿Por qué? —susurró, incapaz de comprender.

—Rosemary Davies ha sufrido un accidente automovilístico en su camino al trabajo esta mañana. Está hospitalizada. No es nada grave, pero…

¡Rosemary Davies! ¡La fría y hermosa rubia, secretaria personal de Blaize Callagan!

—Te he elegido para sustituirla.

Tessa se quedó sorprendida. Para ella, esto era como tratar de volar y elevarse hasta el sol. Jerry Fraine era un hombre importante. Tessa creyó haber llegado a la cima de su carrera cuando la habían nombrado su secretaria. Pero Blaize Callagan… ¡Él era lo máximo! Ella lo veía raras veces. Era alto, poderoso, atrayente, un hombre que destacaba entre los demás.

—Estás libre de ausentarte los tres días que dura la conferencia, ¿verdad?

Tessa se controló.

—Sí. Sí, estoy libre.

«Muy libre», añadió para sí. Su ex-prometido no tenía nada más que decir en su vida.

—Coge un taxi para ir a casa —le indicó Jerry—. Debes hacer tu equipaje con lo que necesites y regresar al despacho de Blaize Callagan a las diez y media. Ni un segundo más tarde.

Tessa se movió de inmediato, devolvió la carpeta de informes al archivador y cerró el candado. Su mente estaba agitada. Iba a sustituir a la secretaria de Blaize Callagan. Estaría en estrecho contacto con él durante tres días completos. ¡Santo cielo! Le temblaban las rodillas de sólo pensarlo. Si no se derretía a sus pies sería un milagro. ¡Si alguna vez había existido un hombre hecho para las fantasías femeninas, ese hombre era Blaize Callagan!

—Y, Tessa…

—¿Sí? ¿Sí, Jerry?

—Por favor, no cometas errores —imploró—. Soy un hombre casado. Y tengo hijos que mantener.

—¿Y bien? —preguntó Tessa, intentando comprender.

—No quiero que Blaize Callagan piense que no puedo escoger a una secretaria eficiente.

Tessa se contuvo. Olvidó las fantasías. Esto era trabajo. Un trabajo muy importante. Blaize Callagan era peligrosamente atractivo, pero estaba muy por encima de sus posibilidades, y todo lo que quería de ella eran sus habilidades como secretaria. Si actuaba como una tonta embelesada y se equivocaba, eso perjudicaría a Jerry Fraine. Además de que a su carrera tampoco le haría ningún bien.

Ahora que el matrimonio ya no estaba en su futuro inmediato, su carrera era aún más importante, y más valía que se concentrara en ella.

—Lo haré lo mejor que pueda —prometió sombríamente.

—Más vale que empieces —le aconsejó Jerry. Tessa cogió su bolso y corrió hacia la puerta. Al salir al corredor se dio cuenta de que no podía regresar al apartamento para hacer su equipaje. Grant podía encontrarse todavía en él, e incluso estar acompañado por esa mujer.

No podía pasar por eso de nuevo. ¡No podía! No le quedaba más remedio que comprar ropa. Iría a la boutique de la esquina. Probablemente le costaría una fortuna, pero, ¿qué más daba? Ya no tendría que pagar el vestido de novia.

Cuarenta minutos después, Tessa volvía al edificio de la CMA vistiendo un traje de lino negro que le daba un aire distinguido. Lo combinaba con una fina blusa blanca de cuello alto. El conjunto le había costado cuatrocientos dólares, pero hacía que Tessa se sintiera a gusto, y eso merecía la pena. Al igual que los dos vestidos de trescientos dólares que llevaba en una bolsa.

Había algo muy satisfactorio en gastar dinero de esa forma. Era la libertad. Todas las privaciones y los ahorros que había reunido para un futuro con Grant eran cosa del pasado. Ahora era su dinero, y podía hacer con él lo que quisiera. ¡Ya no debía rendir cuentas a nadie! Quizá gastaría el resto de su cuenta de ahorros en un viaje.

Entretanto, ir a la conferencia era una verdadera bendición. La alejaba de la ciudad y de Grant, y sin duda Blaize Callagan la mantendría tan ocupada que no tendría tiempo para deprimirse. Esperaba que Grant tuviera la decencia de marcharse de su apartamento antes de que ella regresara. Su ausencia durante tres días dejaría clara su postura.

Tessa llegó a su oficina con veinte minutos de adelanto. Con rapidez hizo el equipaje en la maleta, dejando las cosas que no iba a necesitar en la bolsa de las compras. Al guardarla en el cajón de su escritorio, vio las gafas que utilizaba para trabajar.

Tessa no padecía ningún defecto en los ojos, pero las gafas a veces resultaban útiles para proyectar una imagen. Las había comprado cuando empezó a trabajar para la CMA, para evitar que otros hombres la molestaran mientras salía con Grant Durham. ¡Qué gran error había sido ése! Pero las gafas le daban un aire de severidad y recato. De pronto se le ocurrió que sería muy buena idea usarlas al ser la secretaria de Blaize Callagan.

También debía cuidar su peinado. Tessa convirtió la cola de caballo en un moño y se lo sujetó con horquillas. Después se puso las gafas y comprobó el efecto en el espejo de mano. Le hacían parecer mayor que sus veinticuatro años y le daban un aspecto más serio, y profesional, en especial con el pelo recogido. Nadie que la viera así dudaría que ella fuera una profesional.

Miró su reloj. Le quedaban cinco minutos. Cerró su bolso y caminó hasta los ascensores, satisfecha de estar tan elegante como Rosemary Davies, a pesar de ser más bajita y menos refinada. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer al respecto.

Tessa intentó recuperar la compostura mientras subía hasta el vigésimo piso, donde Blaize Callagan reinaba en e! despacho del director general. «Profesional y serena», se repetía, como un conjuro que alejaría todo nerviosismo.

Por desgracia, no funcionó. No cuando entró en la oficina del señor Callagan y se vio cara a cara con él. A Tessa se le ocurrió que no existía una sola mujer en el mundo que pudiera encontrarse frente a Blaize y no se sintiera nerviosa.

Él se levantó al entrar ella. Era un metro ochenta de virilidad pura que no había perdido nada en treinta y seis años de acelerada vida. Su físico tenía un fuerte atractivo sexual: era lo bastante esbelto como para parecer elegante con un impecable traje gris, hecho a la medida, pero había algo salvaje en su fuerte musculatura, que demostraba una estupenda condición física.

Su rostro era duro y delgado, y sin embargo, existía cierta belleza austera en él. Tenía la piel de un tono bronceado natural, que se complementaba con el espeso pelo negro y ojos tan oscuros que parecían negros también.

Tessa jamás había visto ojos tan penetrantes. Desde el instante en que se encontraron con los de ella, una extraña sensación de vulnerabilidad la invadió. Esos ojos demostraban dominio. —Señorita Stockton. —Sí, señor —fue todo lo que pudo decir. Con una mano le indicó la silla frente a su escritorio.

—Es muy amable por su parte al ayudarnos, en estas circunstancias tan precipitadas —dijo cordialmente, y luego esperó a que ella se sentara.

Sus ojos la recorrieron rápidamente mientras ella se acercaba. Tessa tuvo la impresión de que a él nada se le escapaba. Casi se desplomó en la silla; sus piernas estaban temblorosas.

Se obligó a sí misma a mirarlo interrogante. La boca de él se contrajo en una mueca que sugería algo de satisfacción sensual. Sus ojos se encontraron un instante con los de ella, después se sentó y concentró toda su atención en los documentos desparramados en su escritorio.

Tessa lo contempló, esperando sus instrucciones. Esperó tanto, que su mente comenzó a divagar acerca de todo lo que sabía de él; era viudo, y su mujer, Candice, había sido una famosa modelo y diseñadora de modas. Una mujer muy adecuada para un hombre como Blaize Callagan.

Con razón le resultaba difícil reemplazarla. Ella había muerto tres años atrás en un accidente en lancha. En cualquier caso, circulaban rumores acerca de sus amoríos. Pero, fueran o no ciertos éstos, absolutamente nada lo distraía de sus negocios.

Él levantó la cabeza, pero sus ojos no se encontraron con los de ella, sino que estudiaron sus piernas, en una lenta y deliberada inspección.

Tessa miró su reloj. Llevaba quince minutos allí. Le parecía ridículo que él no le pidiera que hiciese algo. ¿Por qué había exigido que llegara a su oficina a las diez y media si no pensaba ponerla a trabajar? ¿Pensaría acaso que era incompetente? ¿Que no había forma de que ella compitiera con la perfecta Rosemary?

El orgullo profesional de Tessa se sintió herido. Era tan buena secretaria como cualquiera, y mucho mejor que la mayoría. Era un insulto dejarla sentada así. Y también un insulto para Jerry. No podía permitir que continuara. Además, la forma distante en que él había estudiado sus piernas era quizá un insulto aún peor. Blaize Callagan podría ser el gran jefe, pero ella era un ser humano. ¡Y una excelente secretaria!

Tessa adoptó un aire profesional y enérgico.

—¿Por dónde desea que empiece, señor? —preguntó.

—Por el principio —murmuró él, sin alzar la vista.

Una oleada de resentimiento brilló en sus ojos. El orgullo inundó su mente. ¡Él no la iba a tratar con esa condescendencia, como si fuera una tonta cualquiera!

Tomó aire y habló con fría precisión.

—Si fuera usted tan amable de explicarme específicamente qué es lo que quiere,..

Al fin los ojos oscuros se clavaron en los de ella. —Lo acostumbrado —respondió—. Aunque tal vez tenga que trabajar más rápidamente de lo que usted está acostumbrada. Las sesiones se graban para futuras referencias, pero tomará nota de todo lo que se diga, no sólo para corroborar las grabaciones, sino también para que yo pueda consultarlas con facilidad. Después de las reuniones, usted deberá escribir en el ordenador cada memorándum, instrucciones o preguntas que se requieran. Será el enlace con su homólogo. Se asegurará de que todo el mundo tenga lo que necesite. Aparte de eso, todo detalle importante debe ser puesto por escrito —la bombardeó con las palabras—. Con precisión y exactitud. ¿Podrá hacerlo?

—Sí, señor —respondió ella en el mismo estilo.

—Y, señorita Stockton…

—¿Sí, señor?

—Hay casi cien millones de dólares en juego en este proyecto. —Sí, señor.

—Por favor… trate de no cometer errores. —No, señor.

—Todo lo que usted haga será importante señorita Stockton. Por favor. Comprenda eso.

—Sí, señor.

Sus ojos volvieron a los documentos.

—¿Hay algo que quiere que haga de inmediato, señor? —murmuró, dispuesta a probar que no era la tonta que él pensaba.

Él alzó la vista y esta vez realmente la miró. En sus ojos apareció un interés especulativo al examinar los de ella. Tras algunos minutos, dijo con suavidad:

—No creo que pudiera complacerme.

Tessa se ruborizó ante el mortificante juicio de su persona.

Un divertido destello brilló en los ojos oscuros de él y de nuevo su boca se contrajo en una mueca sensual.

—Tal vez en otra ocasión.

Tessa no supo cómo tomar el comentario. Pero la diversión de él no resultaba en absoluto apaciguadora para su herido orgullo.

—La delegación de los japoneses se ha retrasado una hora, más o menos. Ésa es la razón de la demora —continuó él, algo más enérgico—. Mientras tanto, hágase con todo lo que necesite para desempeñar su trabajo, señorita Stockton. Rosemary dejó una carpeta de documentos en su escritorio. Si quiere, revíselos. Todo lo que pueda necesitar lo hallará en su despacho. Está detrás de esa puerta.

Tessa casi saltó de su silla, ansiosa de hacer algo útil.

—Y, señorita Stockton…

—¿Sí, señor?

—En este negocio, es imposible prever todo. Si existe algo que necesitemos, en cualquier momento, tiene mi autoridad respaldándola en todo. Por encima de cualquiera.

—Gracias, señor —contestó Tessa, algo asustada.

El poder absoluto le parecía aterrador. La responsabilidad que eso implicaba era excesiva. Pero se consoló pensando que Callagan había aceptado la responsabilidad de respaldarla. Aunque si cometía errores…

—¿Tiene algún problema, señorita Stockton? —preguntó él al verla parada ahí.

—No, señor.

No iba a cometer errores.

—Gracias, señor —añadió, y después se volvió enérgicamente hacia la puerta que él le había indicado.

Mientras atravesaba la habitación hacia el despacho de la secretaria, Tessa tuvo la fuerte impresión de que los penetrantes ojos oscuros de Blaize Callagan estaban contemplando su trasero y cada movimiento de éste. Sin duda lo divertía.

Nunca en su vida Tessa se había sentido tan consciente de ser mujer. Su nerviosismo no tenía nada que ver con probar su eficiencia como secretaria. ¡Se debía a la forma en que Blaize Callagan la miraba!

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